UMAP Cuba 1965

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TUS HIJOS NO TE OLVIDAN

Crónicas de un verdugo

Por: Raúl Soroa -Entrevista publicada en Cubanet.org

“Tú te empeñas en lo de la UMAP. Compadre, hay cosas más interesantes. Puedo hablarte de La Cabaña o de cualquier otra cosa.”

“Bueno, tienes razón, la UMAP fue mucho con demasiado… sí, yo recorrí casi todos los campamentos… cuando decidieron acabar con aquello me encargaron una investigación. Fui campamento por campamento, los compañeros no entendían lo que pasaba, muchos fueron castigados. ¿No me crees? Unos pocos, mal mirados, bocones, que no fueron dialécticos, fueron a parar a la vida civil. ¿Qué más tú querías? Ellos sólo cumplieron con su deber. Esos tipos, los UMAP, eran lacras sociales, lo peor de la sociedad. Si te pones a mirar derecho, la Revolución les daba la posibilidad de reeducarse. La idea como tal fue buena, lo que pasa es que los hombres que tenían que cumplir con la tarea cometieron excesos por ignorancia, frustración, rencor.”

“Sí, como tú dices, nada justifica lo que pasó, pero lo que sucede es que miras al problema con los ojos de hoy. En aquellos años era diferente, construíamos una sociedad superior, habíamos avanzado un palmo en la escala humana, habíamos ascendido en la evolución a la categoría de comunistas, la más alta de la especie. Para construir ese futuro necesitábamos un hombre nuevo, y nosotros teníamos la misión de formarlo.”

“Claro que lo creí. No, no era analfabeto. Yo había estudiado en la Universidad hasta que la cerraron. Entonces subí a la Sierra. Por eso, por estar preparado, fue que creí. Estaba convencido de que construíamos una sociedad superior, que éramos hombres selectos. Si pasabas por la Rampa encontrabas a esos tipos con sus melenitas, perdiendo el tiempo, escuchando esa música decadente, del capitalismo. Veías a los maricones, pervertidos, pura escoria, y los comparabas con nuestros milicianos, con los alfabetizadotes, los obreros revolucionarios, y te dabas cuenta de que algo andaba mal, que a las papas podridas había que sacarlas del saco. No se podía tener piedad, estaba en juego el futuro.”

“Uno de los peores campamentos, en mi opinión, era el de Manga Larga. Ahí los mosquitos eran fieros, enormes, volaban en bandadas negras y se cebaban en los prisioneros.”

“Se castigaba a los confinados de diversas formas. Los amarraban a los postes a la entrada de los campamentos, desnudos. Permanecían largas horas sin beber agua, a sol y luna, acribillados por los mosquitos. Otro castigo era el cepo, que consistía en un cajón de madera con el piso de cemento, de medio metro cuadrado, donde metían al soldado UMAP en cuclillas y lo cerraban con candado. Amarraban a los UMAP en las cercas de alambre de púas, los enterraban vivos, los metían en la llamada ‘perra’, un agujero donde cabían dos o tres personas. Los ponían sentados, desnudos, luego colocaban un saco arriba y les echaban tierra. Si no cumplías con las normas de trabajo te quitaban la comida. Las palizas eran habituales, las ofensas, las humillaciones… sentaban desnudos a los que se negaban a usar el uniforme militar encima de hormigueros… hundimientos en las letrinas llenas de excrementos, ahogamientos, falsos fusilamientos, flagelaciones con cables eléctricos torcidos, fracturas de miembros, etc. Formaban parte del repertorio ‘educativo’ en las UMAP.”

“Los confinados intentaban fugarse constantemente, pero eran perseguidos por los LCB (unidades especiales de Lucha Contra Bandidos). Capturados, eran sometidos a bárbaros castigos. Los campesinos, influenciados por la propaganda oficial, les negaban ayuda a los ‘delincuentes’ fugados, y los entregaban a las autoridades. Otra vía de ‘escape’ eran las auto mutilaciones. Se cortaban los tendones de la mano con el machete, se amputaban miembros. Muchas veces solicitaban ese ‘servicio’ a su compañero de faena. Existía un grupo de confinados a los que decían ‘los cirujanos’, que cortaban a sus correligionarios a solicitud de éstos, desesperados por escapar de aquel infierno una hora, un día, lo que fuera. También abundaban los suicidios.”

“Sí, recuerdo algunos nombres de campamentos: Antón, Ceballos, Cunagua, La Cien, Cubitas, Chambas, Gato Prieto, Guayabal, Infierno, Kilo 8, Las Tumbas, Manga Larga 5, La 29, Purificación, Mola, Tres Golpes. Era unos 60, aproximadamente, en la antigua provincia de Camagüey. Más o menos 35 mil pasaron por los campamentos. Creo que fueron 720 los muertos. Duró del 65 al 68.”

“Se ordenó guardar absoluto silencio. Fidel mandó a destruir los campamentos y borrar todas las huellas de la barbarie.”

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Juan Antonio Zas Irigoyen

Soy de la segunda recogida de los tristemente campos de concentración de las UMAP, 23 de Junio de 1966, la primera fue en nov de 1965. Soy de La Habana, del llamado de Marianao, nos concentraron en el stadium de La Tropical y nos llamaban por nombres y nos iban metiendo en los autobuses Leyland, cuando salimos cerraron las puertas y pusieron dos custodios con ametralladoras AK-47 delante y atrás, y dijeron:” De ahora en adelante si quieren ir al baño lo hacen en la puerta de atrás, aquí no se baja nadie ni a tomar agua”.

Este fue el arranque , después de todo tuve suerte, pues éramos un grupo de amigos como de 6 o 7, que da la casualidad que en el 64 nos llamaron para la entrevista del servicio militar y nos opusimos a eso y dijimos que lo que queríamos era marcharnos del país, nos ofrecieron, estudios, especialidades, grados militares y nosotros plantados, que no y que no, esto sucedió sin ponernos de acuerdo, pero ideológicamente pensábamos igual, estoy seguro que miles y miles de los que llamaron hicieron lo mismo.

Fuimos a parar a Camaguey, directo y sin escala, a un lugar que se llama Mamanantuabo y nos bajaron en un lugar que estaba cercado con malla de pollo, del piso al techo y allí nos tiraron, un frío tremendo, con hambre y sed, llegamos de noche tarde y casi al amanecer comenzaron a repartirnos. L

Llegamos a un lugar que ningún transporte podía llegar pues estaba lloviendo desde hacia tres días y se atascaban, nos bajaron y después los que nos enterrábamos en el fango éramos nosotros, nos demoramos como 2 horas en llegar al campamento, siendo la distancia corta.

Cuando entramos al campamento, aquello fue de espanto, parecía que estábamos en un campo de concentración, 22 pelos de alambre, con cerca arriba, de fuga y contra fuga, da la “casualidad” que meses antes habían exhibido una película que se llama KAPO, de los campos de concentración, no se si en Polonia o Alemania.

El recibimiento y las palabras no pudieron ser mas elocuentes, “Aquí entraron y no sabrán cuando salir y dejaran la vida en estos campos”, dijimos ¡coñoooo! es mejor estar preso en La Cabaña, pues al menos sabríamos cuando saldríamos. Vi de todo, después comenzaron a traer de todo, a mezclar a todo el mundo, por dejar de traer y mezclar empezaron a traer, presos de la cárcel del Príncipe, en La Habana, homosexuales, pastores bautistas, sacerdotes de la iglesia católica, testigos de Jehová (los mas abusados), todo con el objetivo de corromper y desmoralizar a unos con otros, al menos en mi campamento, rápidamente nos dimos cuenta y tratamos de neutralizar lo mas posible que sucediera esto.

Tengo muchas anécdotas, vi abusos y atropellos y en ocasiones plantábamos duro para pararlo, hijos de putas al máximo, de sargentos y militares, que después nos enteramos que en los 70′s se marcharon del país. Haría muy largo este escrito de contar mas cosas.

No guardo la esperanza de regresar algún día, pues no se el día que tienen señalado los poderosos grandes intereses lo pusieron y para terminar, tampoco tengo ni tendré reconciliación con los verdugos, allá aquel que lo tiene y con sinceridad digo, que el que tenga ese espíritu de amor y reconciliación, deben canonizarlo y lo digo con todo respeto.

Hoy hace 46 o 47 años que sucedió esta nefasta experiencia, que no merecía nuestro pueblo.

Tengo el honor de aparecer, como testimonio, en el libro “La UMAP: El Gulap Castrista” que hizo Dr. Enrique Ros.

 

Raimundo Jorge Martínez

 “Hubo discusiones serias entre custodios y recluidos. Recuerdo a uno que le decían Eleggua. Se negó a trabajar un día por sentirse enfermo. El teniente lo amenazó y golpeó. El muchacho sacó un machete que tenía escondido y lo descargó contra brazos y piernas del militar. A Eleggua lo llevaron preso a Camagüey. Le celebraron juicio sumario, fue condenado a muerte y fusilado. El carcelero quedó discapacitado de por vida”.

José Olimpio Diviñón

“La jornada laboral comenzaba a las 6 de la mañana y concluía a las 7 u 8 de la noche. Almorzábamos en el campo, con 20 minutos de descanso […] No se nos permitía hablar entre nosotros ni dirigirnos a los guardias. Al regresar al campamento nos bañábamos con agua helada, si la había. A las 10 y 30 de la noche nos acostábamos y electrificaban la cerca que rodeaba al campo”.