UMAP Cuba 1965

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TUS HIJOS NO TE OLVIDAN

J Pedroso

Pertenezco al llamado del 19 de noviembre de 1965 estuve en el campamento de La Virginia entre Ceballo y Ciego de Ávila nos bajaron en 15 1/2 del tren en que íbamos, apagaron las luces del pueblo y nos decían horrores rodeados por un cordón de milicianos, de ahí nos trasladaron hasta el famoso campamento con cercas de 10 pelos de alambre. una posta con una garita en la entrada, a los testigos de Jehová les quemaban las manos con velas para que firmaran, les afeitaban las cejas la cabeza y le daban un baño frió por las noches cada 2 horas, por la mañana a abrir un hueco del tamaño de la persona, nos llevaban para el campo al amanecer y nos traían de noche, el que implanto los baños fríos fue el Capitán Pedro Cruz Moya y a mi me llevaron solo por el hecho de no estar con la famosa revolución la cual reprochare toda mi vida.

Luis Bernal Lumpuy – Escritor

El 19 de noviembre de 1965 el gobierno castrista concentró a miles de jóvenes en varias ciudades de Cuba. Los prisioneros eran católicos, protestantes, masones, Testigos de Jehová, opositores políticos o sospechosos de no simpatizar con la tiranía. La mayoría eran jóvenes menores de dieciocho años. Todos fuimos calificados como antisociales en los medios de comunicación. Para justificar la campaña de desprestigio, el régimen incluyó a algunos delincuentes.
Nos trasladaron en vagones de ferrocarril de carga de ganado hacia la provincia de Camagüey. El tren avanzó en medio de la noche y varias horas después se detuvo. Apagaron las luces de todo un pueblo y nos dieron la orden de bajar. Soldados armados con ametralladoras nos rodeaban exigiendo que subiéramos a unos camiones. En medio de la oscuridad nos llevaron a lugares desconocidos. Aquella noche dormimos en el piso de tierra de barracas miserables. Miramos a un cielo sin estrellas, parecía que se habían escondido de pena o de vergüenza.
Eran las UMAP -Unidades Militares de Ayuda a la Producción-, campos de concentración al estilo castrista. Cuando amanecimos nos dimos cuenta que todo estaba rodeado de cercas de veintiún pelos de alambre de púas. Éramos custodiados por soldados armados con órdenes de disparar contra todo el que llegara hasta las cercas. No dividieron en compañías, cada uno de ciento veinte jóvenes, y cada barraca albergaba a cuarenta de ellos. Los baños eran un espacio cubierto por un techo, donde se metían de seis en seis para dejar que el agua les cayera desde un tubo. Detrás de esos baños estaban los excusados, seis huecos en un piso de cemento, donde se hacían las necesidades fisiológicas a la vista de los demás, como si fueran animales.
Aquel primer grupo estuvo formado por más de veinte mil jóvenes: Un año después eran más de cuarenta mil. Se nos obligaba a trabajar hasta catorce horas diarias en condiciones infrahumanas. No estábamos acostumbrados al duro trabajo del campo y la comida era como para alimentar cerdos. Bajo el ardiente sol del trópico, mal alimentados y mal vestidos, desde antes del amanecer hasta el anochecer, no obligaban a trabajos agotadores, y bebíamos el agua verdosa de los carriles de las guardarrayas. La tiranía decidió sembrar en cualquier terreno, hasta en los pantanos. Allí los prisioneros enterraban las botas en el fango. Había que sacar primero el pie y luego arrancar la bota. Dedicaban más tiempo a eso que al trabajo. Por esa y otras razones, el rendimiento y la productividad eran mínimos. A nadie le importaba eso. Así fue siempre en las UMAP, y así ha sido siempre en Cuba durante más de medio siglo.
Quienes se atrevieron a saltar las alambradas que rodeaban las barracas murieron ametrallados por los soldados. Algunos escapaban de los hospitales, en los que ingresaban después de herirse cortándose los tendones de la mano. Esa última técnica de fuga era macabra. Quienes se especializaron en ese tipo de cirugía empleaban una cuchilla para cortar los tendones de la mano de un amigo que se lo pedía, luego cubrían la herida con tierra y el machete con sangre, y gritaban avisando que había ocurrido un accidente. Muchos quedaron con la mano inutilizada para siempre. Algunos se lanzaron delante de los camiones en marcha, se cortaron las venas o se envenenaron. Hubo unos doscientos suicidios. Más de dos años y medio después, el 30 de junio de 1968 la dictadura cerró los campos de la UMAP. Los comisarios policiacos nos amenazaron que si no obedecíamos las reglas del régimen seríamos condenados a trabajar como esclavos.

Oriental de Santiago

Yo fui del primer llamado, noviembre 1965, y estuve hasta que aquello más o menos se disolvió agosto 1968. Según ellos era SMO con la variante de un machete o cualquier otro apero de labranza, en vez de un fusil.
De mi ciudad, estaban conmigo el seminario Bautista en pleno, lo dejaron vacío, el pastor de una iglesia Metodista a dos cuadras de mi casa, todos los graduados de bachillerato de ese año que no habían cogido “credenciales”, aprobación política para matricular carrera universitaria. Además habían unos cuantos homosexuales que como al mes fueron reubicados en la zona del central Violeta. Como 2 semanas después de estar allí, llegaron como 15 habaneros que eran, algunos mecánicos y otros controladores de vuelo todos los cuales trabajaban en el aeropuerto de Rancho Boyeros, muchos eran casados con familia y rondando los cuarenta años de edad.
Recuerdo, como al segundo día de estar allí, a un sargento que nos dejó bien claro que aunque el SMO eran 3 años, el tiempo para nosotros era indefinido y dependía del comportamiento de cada cual y que a los conflictivos los mandaban de castigo para los cayos del norte de Camaguey. Cuando decía esto hacía una pausa y socarronamente continuaba “allí, al atardecer, los caballos se meten en el mar huyéndole a los mosquitos”.

Pablo Milanes

“Estuve en un campo de concentración de la UMAP [Unidades Militares para Ayuda a la Producción] durante un año y medio, nunca supe las razones por las que me llevaron a la UMAP.
“Allí había librepensadores como yo -que con 23 años era muy liberal, igualito que soy ahora- y también homosexuales, creyentes católicos y Testigos de Jehová, y presidiarios que habían sacado de las cárceles para que se juntaran con nosotros”, detalló, comparando la UMAP con los campos de concentración soviéticos en la Siberia, en la época estalinista.
“En la UMAP fuimos uno y compartimos una cosa de la que no teníamos culpa”.
Nota: Entrevista con Sarah Moreno, publicada Nuevo Herald, Miami, Agosto 13, 2011.