UMAP Cuba 1965

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TUS HIJOS NO TE OLVIDAN

Raúl Suárez Ramos – Pastor bautista, Diputado Asamblea Nacional Poder Popular

Tomado de sus palabras en la presentación del libro: “Cuando pasares por las aguas. Memorias de un pastor en revolución”. Sábado 4 de agosto, 2007 – Sin comentarios…

Entre los duros momentos de mi vida esta la estancia durante nueve meses en los campamentos de trabajo forzado de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), rodeados con alambres de púas y guardias armados, a los que llevaban a quienes consideraban desafectos a la revolución y anti-sociales, entre estos a homosexuales, ex presos comunes, vagos, además de varios pastores y estudiantes para el sacerdocio católico. “A la UMAP estábamos asignados los no aptos políticamente para el Servicio Militar Obligatorio, las “lacras sociales”.

Recuerdo que por allí pasaron entre otros el actual cardenal y Arzobispo de La Habana, Jaime Ortega Alamino, el que fuera Obispo de la Iglesia Metodista de Cuba, Rev. Joel Ajo Gonzalez, el Vice-presidente de la Convención Bautista Occidental, Israel Cordobés Gonzalez, el actual director del Centro Cristiano de Reflexión y Dialogo, de Cárdenas, el Rev. Raimundo García Franco, y un numeroso grupo de miembros de juntas directivas de iglesias cubanas, además de uno de los mas conocidos canta-autores de la Nueva Trova, Pablo Milanes.

“La UMAP creo traumas y resentimientos que algunos no lograron superar nunca. Una raíz de amargura quedo atrapada en la psiquis de muchos, hermanas y hermanos”. Considero “que la UMAP fue un error, al margen de las intenciones que lo animaron”, “además del sufrimiento causado a quienes pasamos por ella -incluyendo a los propios oficiales que nos dirigían en las distintas compañías-, ofreció una imagen en el país, y también fuera, que contrastaba sensiblemente con el sentido humanista de la obra revolucionaria…”

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Orlando Colás – Pastor Bautista

Al salir de la jefatura de policía de Palma Soriano, nos sacaron atravesando el parque central a la vista de todo el pueblo custodiados por guardias con bayonetas. Recuerdo la mirada de mi hijo, que tendría entonces unos nueve o diez años, que veía a su padre, preso. Me quedé allí contemplando aquella cara. Aquello fue algo que me partía el alma. Mi esposa estaba a su lado. El viaje desde Palma Soriano hasta Esmeralda duró como 20 horas. Durante el viaje sólo tomamos agua en Contramaestre y eso servida en cubos que tenían jabón en el fondo”.

En el viaje me fracture una costilla, pero aun así nunca pude ver a un médico para mi hueso roto, más bien me obligaban a trabajar y si me quejaba o explicaba mi problema se burlaban de mi profesión pastoral.

En Mijail I, como a 11 kilómetros del central Esmeralda, vi los primeros abusos con los Testigos de Jehová, los maltrataban, los pinchaban con las bayonetas, los cargaban y los ponían, de todos modos, a marchar poniéndoles un palo debajo entre las piernas, y los alzaban. Si se tiraban al suelo los levantaban a empujones; si gritaban, les echaban tierra en la boca para callarlos Y vimos el castigo a los Adventistas del Séptimo Día que, por respeto, no trabajan los sábados. Como en los campamentos se trabajaba los siete días de la semana, los forzaban a trabajar los sábados.

A un adventista, reverendo Isaac Suárez, lo amarraron a un naranjo lleno de espinas y le decían: —Ahora tú eres Jesucristo, y te vamos a crucificar. Lo dejaron así, al sol, todo el día. A otro lo llevaron fuera y le hicieron lo mismo. A algunos los metieron en la tierra tapándolos completamente, dejándole fuera solo la cabeza, dos días al sol.

Eduardo Ruiz

Llegaron 32 guajiritos Testigos de Jehová que se negaron a marchar y a ponerse insignias militares. El castigo fue inmediato: Los metieron en una cisterna que era por donde llegaba el agua. Allí los mantuvieron de pie sin que pudieran beber agua ni comer alimento alguno. Nosotros nos acercábamos y le tirábamos lo poco que teníamos. A los pocos días los sacaron de allí porque se les iban a morir y los amenazaron con fusilarlos. La respuesta de ellos aún la recuerdo: “Fusílennos, Fusílennos, El ejército nuestro no es el ejército de ustedes. El nuestro es el de Dios.”

Luís Albertini

A los testigos de Jehová en los primeros meses del primer llamado —diciembre de 1965, enero de tanto frío— los bañaban con fango, los dejaban desnudos, amarrados a la cerca toda la noche. Les pegaban con bagazo de caña que no dejaba huella en la piel.

Félix Luís Viera – Escritor

Un muchacho sí, un niño entonces, era aquel que vi, agobiado por la premura que exigían los soldados con bayoneta calada que rodeaban el tren, aquella madrugada del 20 de junio de 1966, para que los reclutados, luego de día y medio encerrados, se lanzaran del vagón a toda prisa, caer de espaldas y, sin duda, fracturarse la columna vertebral, según los gestos inútiles que hacía para ponerse en pie; aquel que, con los ojos desorbitados, estiró el brazo hacia quien le quedaba más cerca, yo, con la ilusión de que lo ayudara a incorporarse; en el instante mismo en que la punta de una bayoneta me indicó seguir el recorrido hacia los camiones que esperaban.

Un niño, un muchacho, mi amigo Luís Becerra Prego, 17 años, que una noche, desesperado, sin duda fuera de sí, me pidió que lo matara, que él no podía resistir más y no tenía valor para hacerlo con mano propia.

Gerardo Herrera Iglesias – La Palma, Pinar del Rio

Secretario de la logia cuando aquello, hoy mecánico jubilado. Sus hermanos mayores Jesús y Enrique cumplían condenas por causas políticas. La vieja Marina tendría que partirse en tres pedazos para llegar a cada uno de sus hijos con un poco de amor y algo de comer. No estuvo sola; miles de madres compartían similar pena desde muchos puntos de las entonces seis provincias. Reside en Cuba.

“El viaje de La Palma a Pinar del Río fue en camiones, pero no por la vía directa, o sea, la carretera de Viñales, unos 56 kilómetros. No, tomamos la ruta de Bahía Honda, Cabañas, Guanajay, Artemisa y así, a lo largo de la Central, hasta la Capital de la Provincia. El recorrido total fue de más de doscientos kilómetros, hacinados en vehículos construidos para otros fines. En cada pueblo se sumaban más transportes y la caravana crecía. Nos dieron algo de comer como a eso del mediodía siguiente. Nos entregaron una lata de sardinas para el viaje y volvimos a ver comida unas veinticuatro horas después, ya en tierras de Camagüey”.

“Nos formaron en bloques apretados, de los que no podíamos movernos ni para las necesidades más elementales. Las caras de algunos de los guardias que nos cuidaban, me resultaban familiares. Eran los mismos que veía en la prisión del kilómetro 5 de Luís Lazo en los días que mis hermanos tenían visitas. Nos raparon las cabezas, también nos tomaron la clásica foto con el número en el pecho. Se nos iniciaba un expediente digno de la peor delincuencia mundial”.

“El viaje hasta Camagüey se efectuó en ómnibus Leyland, modelo Olympic, los mismos que cubrían las rutas de transporte urbano en la ciudad de La Habana por aquellos años. A nuestro paso, la población estaba prevenida contra nosotros con advertencias como esa de tengan cuidado, que aquí llevamos lo peor de Cuba. Bueno, a pesar de todo, en Sancti Espíritus, un muchacho me alcanzó una caja de cigarros Populares por la ventanilla y me dio el vuelto”

“También le decían a la población que todos éramos de La Habana, tal vez para explotar a su favor ese sentimiento contra los habitantes de la Capital que, se supone, debía reinar en las provincias orientales del país. La misma política de aislamiento continuó después de la llegada a uno de los puntos de destino, el central Pina, cerca de Morón”.

“Nos dijeron que tuviéramos extremo cuidado con los reclutas del Primer Llamado que había en el campamento, bueno, a decir verdad, el distanciamiento no duró mucho. Aquellos hermanos de infortunio enseguida nos facilitaron colchas, almohadas y todo lo que nos faltaba para pasar una primera noche. Claro, aquellos muchachos no podían comportarse como las heces de la sociedad, por mucho esfuerzo que hicieran las autoridades. ¿Por qué? Ah, pues porque la mayoría no eran delincuentes. Mira qué cosas.”

“La reclusión de religiosos de todas las confesiones y credos, miembros de instituciones fraternales como la masonería y su hijo el ajefismo, los caballeros de la luz, la orden Odd fellows, los homosexuales y, sobre todo, los jóvenes con intenciones de abandonar el país y los que, de una forma u otra demostraran algún desafecto o inconformidad hacia la política del Estado Revolucionario Cubano, aunque fuera con manifestaciones tan inocentes como el gusto por la música extranjera.”

“La Logia AJEF de mi pueblo cerró sus puertas por falta de miembros. Todas las del país lo hicieron y así desapareció el ajefismo. La Juventud Acción Católica corrió igual suerte. Las instituciones fraternales y la inmensa mayoría de las confesiones cristianas perdieron lo más joven de su membresía, la masculina, por lo menos.”

“En la Base Militar Pinareña de San Julián se hizo una encuesta para conocer cuántos soldados querían emigrar a Estados Unidos. Se doró la píldora con eso de que los que quieran abandonar el país tendrán la oportunidad de hacerlo por la vía legal. Como el Puente de Varadero estaba en pleno apogeo, cuarenta y tres de estos jóvenes mordieron el anzuelo e inmediatamente después del sí, fueron a dar con sus huesos en los campos de Camagüey. En algunas bases de la Marina de Guerra se emplearon procedimientos similares y varios ingenuos más cayeron en los avíos de pesca.”

“En Cubana de Aviación, también se llevó a cabo un proceso de purga y varios trabajadores de la empresa fueron a parar a los llanos agramontinos a pagar las verdes y las maduras. Hasta el sacristán de la iglesia donde se escondió Betancourt estaba allí con nosotros”.

“Los soldados, clases y oficiales encargados de la guarnición de los campamentos, eran elementos indisciplinados procedentes de varios cuerpos armados que, de una forma u otra, también estaban allí en calidad de castigados.”

“Trabajábamos de lunes a sábado en jornadas de más de diez horas. El domingo, “se nos daba para lavar la ropa. Durante los días laborables, como me dijo una vez Fidel Hernández Piñeiro, otro recluta de mi pueblo, veíamos el campamento sólo en horario nocturno, a menos que estuvieras enfermo”.

“Cuando yo llegué, ya las cercas no eran tan altas, aunque todavía tenían dos o más pelos de alambre de púas en la parte superior. Los huecos que llenaban de agua como instrumento de suplicio aplicado a la gente del primer llamado aún estaban allí, pero ya no se usaban. Digo, por lo menos yo no los vi usar. Los guardias que ganaron celebridad como aplicadores de estos tormentos tampoco estaban. Yo sólo los conocí de oídas”.

“Las condiciones y el tratamiento eran los típicos de una prisión y no los de una unidad militar. Los primeros siete meses fueron de encierro total, tuvimos una visita familiar. Un viejito a quien todos llamábamos El Político nos traía cigarros y fósforos. También nos recogía la correspondencia en el apartado postal.

Los testigos de Jehová desde el primer momento se negaron a tomar parte en el entrenamiento y a usar cualquier prenda u objeto que los identificara como militares. Ellos tampoco reverencian los símbolos patrios ni nada que venga de los hombres. La intransigencia y el celo inquebrantable con que llevan a la práctica los principios de su fe, les acarrearon problemas, pero tras las cercas de la UMAP sí que recibieron maltratos de todo tipo, incluyendo el castigo físico.”

“Como se negaban a entrar en la formación, no podían pasar al comedor y se hubieran muerto de hambre a no ser por algunos de nosotros que dejaban parte de la comida y se la daban a escondidas en los baños. Yo nunca lo hice, pero sé que sucedía y conozco a quienes lo hacían”.

“En el campamento no había médico, sólo un sanitario inventado. Un domingo un sargento me sorprendió leyendo una revista Selecciones del Reader´s Digest. Me la arrebató de un tirón y, con la grosería y prepotencia habitual, me preguntó si estaba buscando negros ricos en los Estados Unidos. Por supuesto, la revista nunca me la devolvieron, pero, la cosa no pasó de ahí. Menos mal.”

“Cuando regresamos del primer pase, ya las cosas no fueron igual. Creo que cambió la jefatura de las FAR, o al menos su política. Aunque nuestra labor siguió siendo el trabajo en la agricultura, Recuerdo que estuvimos en un antiguo campamento de haitianos, en un lugar al que todos llamaban Haití Chiquito. No había cercas, salíamos a discreción. “

“Después nos trasladaron a Peonía, allí volvimos a encontrar vestigios del viejo sistema represivo. Recuerdo que por las mañanas, el sargento Morejón le ponía el termómetro a todo el que decía sentirse mal. Si la fiebre no pasaba de treinta y siete y medio, había que salir para el campo, aunque llevaras las vísceras a rastras. El sargento Arjona también era duro y uno de apellido Báez, mandó un recluta a prisión por dos años, sólo porque tiró un machetazo al azar y partió en dos una caña. De todas maneras, creo que las cosas nunca volvieron a ser como en los primeros días y que los abusos cometidos con nosotros nunca alcanzaron la magnitud de las cosas que le hicieron a la gente del primer llamado”.