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Campos de Concentración

NUESTRA REALIDAD

La tiranía estableció a los confinados dos opciones para salir de los campos de concentración: aceptar la doctrina comunista o muertos. La derrota del régimen fue que no pudo doblegarnos y salimos más fortalecidos en nuestra Fé, manteniendo el principio fundamental que nos llevo allí ¡SI A DIOS! NO al Comunismo.

La descripción permite al lector conocer las características y condiciones de vida de los confinados. El campamento que se describe es Manga Larga 5, todos eran similares.

Ubicación

En la llamada pesa de caña Manga Larga #5, toma el nombre. Área limitada entre pantanos al norte y cañaverales al sureste. En el lugar existían tres viviendas de campesinos y un barracón de haitianos de avanzadas edades, todos “advertidos” de la alta peligrosidad de los confinados.

El acceso a Manga Larga 5 era por un camino estrecho que corría paralelo a la línea de tren existente entre el central Cunagua y Jaronú. En ambos lados de la línea y el camino, los pantanos de Manga Larga plagados de mosquitos, conocidos por “matan caballos” por sus tamaños y agresividad. No existían servicios de electricidad, ni agua corriente. El único contacto con el exterior era el paso de un tren de trasportes de caña; en las mañanas en dirección a Cunagua y en las tardes de regreso a Jaronú.

El campo de concentración estaba ubicado al este y próximo al barracón de los haitianos, al fondo de las casas de viviendas y a unos 200 ms de la línea del tren.

Instalaciones

Campamento Manga Larga 5Un área de unos 100 mi x 100 m muy próximo a las áreas pantanosas. Alrededor, una cerca de postes de concreto con 14 alambres de púas, la parte superior inclinada al interior, 4-5 pies, con 3 pelos o alambres de púas.

Un solo acceso o entrada, en la esquina suroeste, con un portón de cabillas de acero, una garita de concreto con dos guardias con armas larga la custodiaban las 24 horas del día.

Al otro lado de la cerca y en la esquina opuesta, una torre de vigilancia con dos guardias armados y una ametralladora de alto calibre.

En el interior del “campamento”, una casa confortable para los oficiales y custodios, con techos de fibrocemento, paredes de tablas y buena madera, pisos de cemento, baños y agua corriente de un tanque elevado. Detrás de esta casa, una caseta de madera con una puerta, sin ventanas y el piso de tierra por debajo del nivel del suelo, la famosa perra para encierro y castigo de los confinados.

Para los confinados una barraca con techo de guano lleno de huecos, paredes de tablas costaneras y piso de tierra. Dos puertas, frente y fondo, otras dos estrechas en los lados.

De la puerta frontal a la del fondo, un pasillo delimitado por palos de madera de eucaliptos, el pasillo solo se interrumpía frente a las estrechas dos puertas o accesos laterales. De esta forma el espacio estaba delimitado en cuartones en los que dormían los confinados en hamacas de saco de yute.

Los palos de los pasillos de troncos de eucaliptos, servían para amarrar las hamacas. Junto a las paredes laterales otro tronco en los que se amarraban el otro extremo de las hamacas. Por el día las hamacas  permanecía enrollado en el tronco de la pared. La barraca no tenía ventanas, baños ni sistema de iluminación.

La ropa de trabajo y las mínimas pertenencias de los confinados, -al llegar quitaron las ropas que vestíamos-, colgadas a las paredes en alto como se pudiese.

En contraste los oficiales tenían camas o literas, baños y faroles de kerosene, llamados “Coleman”,  linternas y otros medios para iluminarse.

Para las necesidades fisiológicas los confinados disponían de unas letrinas rusticas, las que también se utilizaban para el aseo.

Al oscurecer requisa y silencio, desde entonces y hasta el “de pie o llamado al trabajo”, los confinados no podan salir de la barraca, ni para hacer sus necesidades.

Barraca UMAP- Manga LargaLa barraca en la foto se puede considerar un hotel de lujo en comparación a las que albergaron  a los confinados de la primera recogida en noviembre de 1965.

La fotografía del interior de la barraca -no se conoce la fecha-, es  posterior a mayo de 1966, cuando se realizan las primeras visitas de los familiares.

Es seguro que no fue tomada en las primeras visitas por las requisas y estar prohibido el acceso de los familiares a las barracas.

Las visitas se realizaban en un área próxima a la barraca de los haitianos y con estricto control por los oficiales. Alrededor del área guardias armados controlaban el acceso y movimientos de los familiares.

Servicios Médicos

A los “reclutas” no se les realizo el examen medico establecido, fueron apresados y trasladados a Camagüey desconociendo el estado físico de los mismos. Lugares aislados, con mala comunicación y escasa población, fueron los puntos seleccionados para el confinamiento. El primer contacto con un “médico” fue a mediados de enero de 1966.

En los “campamentos” no había personal sanitario ni medios de trasportes para el traslado en casos de emergencias: enfermedad o accidente.

A finales de diciembre 1965, se “estableció” en Manga Larga 5 los servicios de asistencias para emergencias. El “sanitario” seleccionado fue Angelito, un joven delgado, de la raza negra, de Güines. Sin conocimientos ni medios, fue la persona “designada” para prestar los primeros auxilios, en el “botiquín” unas tabletas de aspirina y nada más.

Angelito cumplió, esforzándose en dar lo mejor de si. Dio “puntos de suturas” sin agujas ni hilo. Un alambre de la cerca y un hilo de yute de las hamacas, cocieron la cabeza de Luís Hernández de Pinar del Rio cuando el Capitán Magaña le golpeo un mediodía con un palo en la cabeza. Luisito fue llevado a Cunagua con fiebres, policlinico, una semana después.

Un día en la vida de un confinado

DE PIE a las 5 de la mañana, formación para revisión –llamado por el “numero” para comprobar la presencia-.

5.30 Desayuno -agua con un poco de leche-, de inmediato marchar al trabajo corte o guataqueo de cañas, recogidas de viandas, etc.

12.00 Receso de una hora para el almuerzo –bien deficiente-

6.00 p.m. regreso al campamento. La mayoría de los días el trabajo se extendía hasta altas horas de la noche.

Al llegar al campamento, baño cuando se podía y comer si había.

7.00 p.m. Requisa y Silencio – los que habían regresado- No existía iluminación dentro de la barraca, todos a las hamacas.

La iluminación de la barraca “llego” a finales de diciembre. Los accidentes y lesiones en la oscuridad abrieron el cerebro –no tenían- a los oficiales, que con pesar aceptaron la propuesta de los confinados para la instalación de un “sistema” en base a tubos de pasta de dientes vacíos.

Al tubo se le cortaba la parte inferior, se picaban en cuatro para crear unas patitas de apoyo. En el interior del tubo se le ponía un trapito como mecha, se introducía el tubo de pasta en un recipiente –pomo de cristal de boca ancha- con dos dedos de gas oíl.

Por más de un año, las lámparas hechas con tubos de pasta de dientes, fueron el medio para iluminar las madrugadas y noches, llegada y despertar de los confinados.

Fugas

Las golpizas, torturas y condiciones de vida, de inmediato llevaron a las mentes el intentar fugarse, era preferible morir en el intento que sufrir el horror que aquellas mentes perversas imaginaban.

Se desconocían los accesos por donde salir de los pantanos; las líneas del tren, la Laguna de la Leche y lomas de Morón eran las únicas referencias del lugar. En diciembre se realizaron varias fugas, entre otras, las de Joe Travieso y Gustavo “Tavito”, -un sordito hijo de un medico-, ambos de Guines, capturados les propinaron golpizas y castigos. Caballo Loco, -un preso político traído de la Cabaña-, aconsejaba no ir en dirección a la Habana sino a Oriente, lo intento y nunca regreso. Miguelito Díaz, estudiante de Bahía Honda, llego a la Florida.

Una fuga término en tragedia, al ser detectados por los ofíciales y guardias que los buscaban; los fugados se escondieron en un campo de caña próximo a la línea del tren, entre las pesas 5 y 29. Cercados, los esbirros dieron candela al campo, el calor y el fuego los obligo a salir al terraplén junto a la línea. Un tren de transporte de cañas que regresaba a Jaronú desde Cunagua, estaba detenido por los guardias, al salir y a la vista de la tripulación los fugados fueron abatidos por los disparos.

La tripulación del tren fue presa, encausados y condenados a prisión, el “delito”: presenciar la ejecución de los confinados fugados.

 

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