UMAP Cuba 1965

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TUS HIJOS NO TE OLVIDAN

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Relato personal de Yolanda Farr actriz española-cubana

Aquella noche, en nada diferente a tantas otras, Sergio Salom, mi andrógino amigo, había ido a buscarme a la salida del Hotel Capri, donde yo, como ya he comentado, participaba en un gran espectáculo llamado Los tiempos de mamá y papá…

Una noche en la que ambos vestíamos pantalón vaquero pitillo y camisa blanca, luciendo una imagen que nos hacía parecer casi gemelos, ambos rubios y delgados, ambos marcadamente femeninos a pesar de nuestra indumentaria, una perseguidora se detuvo a escasos metros y dos individuos armados y mal encarados se dirigieron hacia nosotros. Debo confesar que aquello me tomó por sorpresa, anestesiados como estaban en mí los terribles temores que los uniformes militares me solían causar en la época, no tan lejana, de mi odisea. Al llegar a nuestro lado, tras apartarme de un empujón, inmovilizaron a Sergio contra la pared. Quisiera recordar, secuencia por secuencia, palabra por palabra lo ocurrido pero el terror, de pronto renacido, me tenía idiotizada. Solo fragmentos de conversación y hechos muy puntuales quedaron grabados en mi memoria, pero eso sí, para siempre. Los policías llevaban en las manos unas gruesas naranjas que intentaron introducir por las piernas de los vaqueros de mi amigo y, al no lograrlo, lo zarandearon y a cajas destempladas lo introdujeron en la perseguidora con estas palabras; “vamos, cacho maricón”.Y allí quedé, no sé por cuanto tiempo, estupefacta. Tan solo la llegada  del autobús logró sacarme de mi estado.

El día siguiente por la mañana, superado el shock, me dirigí a la comisaría más cercana al sitio  donde había tenido lugar el “rapto” y narré, con toda la precisión que me fue posible, los hechos de la noche anterior. Para mi sorpresa el policía que me recibió fue un dechado de amabilidad. Me contó que, por órdenes del gobierno, se estaban haciendo redadas, sobre todo nocturnas, de personas sin papeles o en actitudes sospechosas, las cuales eran enviadas de inmediato a las recién instauradas Unidades Militares de Ayuda a la Producción. (¡Vaya eufemismo!, según se comprobó muy pronto.) Yo aduje que, si bien era cierto que Sergio,  a sus 19 años,  no pertenecía ni al ejército ni a las milicias,  nada sospechoso o chocante  hubo en su actitud de la noche anterior y sí en aquella humillante  manipulación con las naranjas a la que había sido sometido.

Puedo asegurar que había un velo de vergüenza en la voz del policía cuando me aseguró que él nada  podía hacer al respecto y que debía dirigirme al Ministerio del Interior para averiguar el paradero de mi amigo, ya que eran muchas las granjas habilitadas para “acoger a jóvenes que por mala formación e influencia del medio han tomado una actitud equivocada ante la sociedad, con el fin de ayudarlos a que encuentren en el trabajo un camino acertado”, palabras textuales de Raúl Castro. Así intentaban justificar  lo que dramática y vergonzosamente se conoció, desde 1965 hasta 1968, como la UMAP. Unos 25.000 hombres, sin más delitos que los de negarse a hacer el servicio militar obligatorio, ser Testigos de Jehová, ser catalogados como  “lúmpenes”, carecer de un trabajo fijo o ser supuestos homosexuales fueron hacinados en barracas insalubres, ubicadas en campamentos perdidos en medio de la campiña, rodeados de cercas de alambre, a veces electrificadas, vigilados desde torretas por milicianos bien armados y desde tierra por feroces perros. Allí eran sometidos a todo tipo de vejaciones y obligados a hacer trabajos agrícolas en las más inhumanas condiciones. Y esto no es información que me llegase por terceros ya que tuve el dudoso privilegio de visitar una de esas instalaciones y comprobar estos hechos con mis propios ojos.

No fue nada fácil localizar a Sergio pero gracias a la ayuda de personas de la profesión, identificadas con el régimen pero también conscientes de las injusticias que en esa UMAP se cometían, como por ejemplo la gran actriz Raquel Revuelta, al fin logré ubicarlo y, con el permiso pertinente, visitarlo.

La impresión fue inenarrable. Aquel lugar, que casi en nada difería de los campos de concentración nazis que tantas veces había visto reproducidos en películas, me dejó espantada. Sergio no era ni sombra de él mismo. El campo de trabajo donde estaba, desde hacía tres semanas, estaba dedicado a la siembra y recogida de caña de azúcar. Cuando ví sus manos en carne viva se me destrozó el corazón. Me contó entonces que, por deficiencias en el suministro, aquel trabajo, que debía hacerse con guantes, estaba siendo realizado a manos desnudas y que lo peor era el tener que echar fertilizantes en la tierra, ya que, por ser productos químicos,  quemaban la piel hasta casi el hueso. Me habló de un compañero suyo de infortunios que resultó, por una de esas casualidades de la vida,  haber sido condiscípulo mío de piano en el conservatorio Falcón, Jorge Almunia, un chico que yo recordaba de la época en que ambos coqueteábamos con el Ateneo y los recitales, un muchachito  con grandes condiciones musicales. Me contó que Jorge, al ver sus manos deteriorarse día por día y sintiendo que su carrera pianística estaba perdida para siempre, hacía solo unos días se había suicidado muriendo, entre horribles dolores,  al ingerir parte de ese mismo fertilizante.

Según se supo más tarde muchos fueron los casos de automutilación, de personas que preferían perder una mano o un pie antes que seguir soportando humillaciones, maltratos, hambre, parásitos y enfermedades infecciosas.

Tan solo unos días después, moviendo  todas las influencias que me fue posible, logré sacar a Sergio de ese infierno. Es decir, físicamente, pues su espíritu quedó para siempre contaminado por aquellas sádicas experiencias, convirtiendo a mi dulce amigo adolescente en un ser torturado.

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LECTOR

Yo fui del “primer llamado” Noviembre 1965 y estuve hasta que aquello más o menos se disolvió, Agosto 1968. Según ellos era SMO con la variante de un machete o cualquier otro apero de labranza en vez de un fusil.

De mi ciudad, estaban conmigo el seminario Bautista en pleno lo dejaron vacío, el pastor de una iglesia Metodista a dos cuadras de mi casa, casado y esperando su primer hijo, todos los graduados de bachillerato de ese año que no habían cogido “credenciales” <aprobación política para matricular carrera universitaria>; además habían unos cuantos homosexuales que como al mes fueron re-ubicados en la zona del central Violeta.

Como 2 semanas después de estar allí, llegaron como 15 habaneros que eran algunos mecánicos y otros controladores de vuelo, todos los cuales trabajaban en el aeropuerto de Rancho Boyeros, muchos eran casados con familia y rondando los cuarenta años de edad.

Recuerdo, como al segundo día de estar allí, a un sargento que nos dejó bien claro que aunque el SMO eran 3 años, el tiempo para nosotros era indefinido y dependía del comportamiento de cada cual añadiendo que a los conflictivos los mandaban de castigo para los cayos del norte de Camagüey. Cuando decía esto hacía una pausa y socarronamente continuaba “allí, al atardecer, los caballos se meten en el mar huyéndole a los mosquitos”.

Héctor Santiago, New York, de la Habana,

“La despedida fue desgarradora porque no teníamos muchos datos precisos, pero ya sabíamos que era algo siniestro. La despedida entre lágrimas y abrazos y yo me tuve que poner fuerte porque querían acompañarme y no lo permití. Cuando llegué al sitio donde nos habían citado, aquello no era normal: reflectores, perros, guardias armados, y a las madres las mantenían en la distancia y parecían un coro de plañideras de una tragedia griega. A los que llevaban cadenas con cruces y collares de santería, se los arrancaron literalmente del cuello y a los que llevaban biblias se las pisotearon.

Ya se había corrido la noticia de que se trataba de algo siniestro, sobre todo porque los nombres que se mencionaban, de los que habían sido llevados, eran de religiosos, santeros, abakuás, artistas, maricones, jóvenes que no estaban integrados al “sistema”, los que no estaban en las nóminas laborales del régimen, los llamados “vagos”. Además, era muy inusual una citación del SMO (Servicio Militar Obligatorio), para las 8 de la noche, en un parque al lado de la Escuela Normal para Maestros, en la Avenida El Manglar, Amenidad y San Joaquín, en La Habana”.

 El primer campamento en que estuve, Sola, yo era el número “83”. Luego, en Florida, fui el “16”. Al salir de las Umap, me rompieron el carnet. Y poco después dinamitaron los campamentos y los arrasaron con excavadoras, para que no quedaran marcas de esa infamia. Ah, otro “indicio” fue que no nos dieron el regular uniforme verde olivo, sino otro: pantalón azul oscuro de mezclilla y la camisa también de mezclilla pero de un azul más claro. Y un monograma con la forma del escudo cubano, de fondo claro y que en un tono rojizo decía “Umap-1”, que era para ponérselo en la manga izquierda de la camisa.

Así que ya aquello se estaba cocinando desde mucho antes. No nos dieron entrenamiento militar, ni portábamos armas. Ya eso lo decía todo.

Garitas con soldados con rifles AK, doble círculos de alambradas con pinchos y en su centro los llamados “caza bobos”; los rollos de alambre imposibles de atravesar, donde afortunadamente, para matarnos el hambre, por la noche eran trampas de hurones, ratones, perro jíbaros, pájaros, etcétera, que en la mañana rescatábamos con palos y asábamos con ramas, bagazos de caña secos, hojas del periódico Granma, ¡Oh, justicia poética! ¿Por qué los perros pastores alemanes traídos de la Republica “Democrática” de Alemania?

El almuerzo lo traían en camiones, dependía de la disponibilidad y de cómo andaba la cocina, si había lo que se necesitaba para cocinar, por eso a veces únicamente daban un boniato hervido y una lata del repelente hígado de esturión búlgaro o carne rusa.

Si no cortabas la norma, te ponían un guardia armado hasta que la terminaras, a veces los más debiluchos estaban hasta la noche, iluminados por aquellas lámparas artesanales llamadas “chismosas” o “mechones”, de querosén, luz brillante. Regresaban comidos por los mosquitos y jejenes, al igual que sus escoltas, los muchachos del SMO que cumplían esa función, porque estaban en las Umap castigados también”

Había guajiritos analfabetos, niños “bitongos” (burgueses), monaguillos, antisociales por sus estilos “depravados” que llamaron los de “La Dolce Vita”, por la película de Federico Fellini que retrataba la decadencia de la burguesía italiana.

 Era teatrista y bailarín en el Consejo Nacional de Cultura, gran cantera para aplicar planes siniestros, como las Umap. Por ser maricón, y un artista “no comprometido”, y con un largo historial de rebeldía, víctima de recogidas y cárceles. Una de estas cuando recogieron a lo que ellos llamaban “Las Tres P” (puta, pájaro y proxeneta). Y asimismo por salir a la calle vestido de blanco y con mis collares y manillas de la santería —me inicié en la santería a los 7 años por influencia de mis abuelos negros.

Y además con las de las “depuraciones” morales e ideológicas en las becas, las escuelas secundarias, las universidades. Y también con las elaboradas por los Sindicatos en los trabajos y, naturalmente, las que proveyeron nuestros compatriotas a nivel de barrio, es decir, los mandos de los Comité de Defensa de la Revolución a nivel de cuadra.

Soy humano, lo que es también ser cobarde. No fue fácil la sangre derramada por los testigos de Jehová, mis héroes para siempre, el suicidio de los más débiles, la saña de los guardias golpeando a los que no querían trabajar, ver que incendiaban los cañaverales cuando alguien se escondía en ellos para escaparse y verlos salir convertidos en teas vivientes a gritos y corriendo, el escorbuto por la avitaminosis, a veces, en una conversación salían volando los dientes, las anemias, la sarna, el asedio de las chinches, piojos y ladillas, traídos de la prisión del Castillo del Príncipe habanero, las quemaduras por el sol intenso: para todo solo había aspirinas en las “enfermerías” y se vendía en bolsa negra el alcohol y la tintura de calamina para las picadas de mosquitos, se improvisaban para las heridas el orinarlas, tela de arañas, azúcar que restañaba y trapos por vendas; que muchas veces las infectaban, empeorándolas, los cadáveres que enterraban sabe Dios dónde, cuando sus familiares reclamaban. Si es que lo hacían, porque ser de las Umap era como los triángulos de distintos colores, que los nazis ponían en las camisas de los concentrados y te marcaban como un oprobio. Simplemente les decían o les mandaban un telegrama: “El compañero X, murió cumpliendo con sus obligaciones revolucionarias. R.C. Ministro de las FAR.

Apartar a los inutilizables para que no contaminaran a la “sociedad revolucionaria”, el mito de que los maricones pegan “eso”, crear el terror y que todos se auto metieran en el “clóset” y un muy disfrazado propósito de exterminio,  que me perdonen: con especial acento los Testigos de Jehová, los adventistas, y maricones. Además, era un arma política contra los disidentes.

¿Por qué no pasaron por las Umap el escritor Miguel Barnet, el dramaturgo Abelardo Estorino y su amante el pintor Raúl Martínez, ni el pintor René Portocarrero y su amante el también pintor José Milián, ni el pintor Cabrera Moreno y el teatrista Vicente Revueltas, ni el compositor Héctor Angulo, o el cineasta Humberto Solás , la lista sigue, es larga. ¡Ah, porque eran maricones incondicionales al régimen! Pasa la hoja”.

Pero si me pides que describa el infierno: MANIANTABO —¿Florida? ¿Esmeralda? ¡Ay, mente! Erigido sobre un pantano ligeramente drenado, que perpetuamente mojaba las botas soviéticas y así los pies se llenaban de hongos; se podrían las uñas; se ponían en crisis los asmáticos. Era una humedad perpetua que no te dejaba ni dormir. Allí los mosquitos eran de un tamaño inverosímil, y antes que anochezca había que meter a los caballos bajo techo, porque los cubría una nube negra de mosquitos y jejenes, enloqueciéndolos o matándolos, y las perreras cubiertas con mallas.

Torturas… “El Hoyo”: enterrarte hasta el cuello. “El trapecio”: colgarte por las muñecas en el aire y la circulación de la sangre y los líquidos corporales se acumulaban en las piernas, creando unas inflamaciones muy dolorosas. “El palo”: como San Sebastián, atado, desnudo, a un poste, con unas fuertes luces sobre ti, que atraían a los mosquitos y jejenes, que prácticamente te comían. “El ladrillo”: parado sobre un ladrillo durante horas o toda la noche, si te movías o te caías, dos guardias a cada lado te golpeaban. “El barril”: lleno de agua, en el que te metían la cabeza al punto del ahogo, te sacaban hasta recuperarte y lo volvían a hacer. Vi sentar a alguien, atado, sobre un nido de hormigas bravas y a otro acostarlo sobre unas ramas con espinas.

Los testigos de Jehová lo resistían todo, resignados, como parte de la promesa de la nueva Jerusalén. Julio Ernesto le pidió permiso o perdón a Jehová: se colgó de una viga en uno de los cuarticos de las letrinas. Nos escogieron a tres para cortarle la soga y bajarlo, meterlo en un camión que se alejó, llevándose nuestra última esperanza en los humanos, dejando paso al odio a los cubanos, los partícipes de la complicidad, diría que un 95 %.  y en el mundo alucinante.

¿Perdón? Pregúntenles a los pocos viejitos judíos sobrevivientes del Holocausto, y a los del gulag soviético, a los descendientes de los negros que ahorcó el KKK, a los torturados en la Guerra Sucia latinoamericana, a quienes les mataron sus familiares las guerrillas latinoamericanas, a los que Mao Tze Tung asesinó durante la Revolución Cultural… Yo…, pues el odio y el rencor, el artista lo diluye en su obra. En lo personal practico el budismo zen, que te enseña a luchar contra el lobo de tu condición humana. Y aunque es difícil cuando se ha vivido tanto malo, perdonar es como el viento, y el odio cargar una montaña. En Nueva York me encontré con aquel jefe en las Umap que me dio un bayonetazo en el rostro. Le dije: ¡Bienvenido al país de la libertad! Y me fui a disfrutar mi diaria caminata por el río Hudson”

Teatrista, coreógrafo, dramaturgo, bailarín, director escénico, escritor, pintor y titiritero.

Comisión Interamericana de Derechos Humanos

CIDHHeader

OEA/Ser. L/V/II.17 Doc. 4 (español) 7 de abril de 1967 Original: español

INFORME SOBRE LA SITUACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS EN CUBA

La Comisión ha observado que la casi totalidad de las denuncias elevadas a su conocimiento se refieren a violaciones de los derechos fundamentales de la persona humana, tales como el derecho a la vida, la libertad y la seguridad de las personas, así como el derecho de igualdad ante la ley, el derecho de protección contra la detención arbitraria, el derecho a proceso regular y el derecho de justicia, todos ellos consagrados en la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre.

Del examen de dichas denuncias, la Comisión ha venido al conocimiento de los siguientes hechos:

h)       Que existen en Cuba campos de concentración donde son recluidos numerosos presos políticos, para que realicen trabajos forzados y reciban indoctrinación política obligatoria;

  1. Campos de concentración
  2. El régimen castrista ha creado un nuevo campo de concentración en las proximidades del pueblo de Esmeralda, en la provincia de Camagüey, que ha denominado “26 de Julio”. En este campo de concentración son internados cubanos a los que les obliga a trabajar gratuitamente para el Estado, acusados de ”vagancia” ante la negativa de cooperar con el trabajo voluntario.     En este establecimiento están internados varios millares de cubanos.  
  3. En enero de 1966, el Gobierno de Cuba creó un nuevo sistema penitenciario que en la práctica constituye un sistema de explotación igual a la esclavitud. Bajo el nombre de   “Unidades Militares de Ayuda a la Producción”     más conocido por UMAP, se recluta en forma masiva a los jóvenes que no se integran en las organizaciones del sistema para trasladarlos a las granjas estatales, que son verdaderos campos de concentración, con el fin de obligarlos a trabajar gratuitamente para el Estado.

Los dirigentes del régimen han mostrado mucho interés en probar que estas Unidades no forman parte del Servicio Militar Obligatorio, ni constituyen un nuevo sistema penitenciario. El jefe de las UMAP en discurso que pronunció en marzo de 1966, aseguró que los integrantes de estas unidades “son militares y no presos políticos como se ha querido pretender”.     El Ministro de la Fuerzas Armadas, en discurso de abril de 1966 dijo que con la integración de la UMAP “son tres las formas en que los jóvenes pueden cumplir con el honor y el deber de defender a la Patria, incorporándose al Servicio Militar Obligatorio en las Escuelas y en las citadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción”     pero el mismo Ministro tuvo que reconocer que “en el primer grupo de compañeros que han ido a formar parte de las UMAP se incluyeron algunos jóvenes que no habían tenido la mejor conducta ante la vida, jóvenes que por la mala formación e influencia del medio habían tomado una senda equivocada ante la sociedad y han sido incorporados con el fin de ayudarlos para que puedan encontrar un camino acertado que les permita incorporarse a la sociedad plenamente”.

Según los dirigentes de Gobierno, las UMAP se integran por los jóvenes que no tienen una conducta moral correcta. Lo cierto es que hasta ahora son reclutados los jóvenes que se niegan a recibir el adoctrinamiento y no se integran en las organizaciones del Gobierno.

Los jóvenes son reclutados a la fuerza por simple disposición de la Policía, sin que se les celebre ningún juicio, ni se les permita defenderse.     Tan pronto son detenidos los trasladan a alguna granja estatal para incorporarlos a la correspondiente Unidad Militar de Ayuda a la Producción.     En muchas ocasiones los familiares son notificados semanas o meses después de haberse realizado la detención.     Los jóvenes reclutados están obligados a trabajar gratuitamente en le granja estatal por más de ocho horas diarias y reciben un tratamiento igual al que se dá en Cuba a los presos políticos.

Por monstruoso que parezca este sistema, que priva de libertad a los ciudadanos y los obliga a trabajar gratuitamente, sin que haya mediado ningún     proceso judicial, el sistema existe en Cuba y se calcula que más de 30,000 jóvenes están incorporados a tales unidades.     Este sistema cumple dos objetivos:     a) Facilitar mano de obra gratuita al Estado y b) Castigar a los jóvenes que se niegan a incorporarse a las organizaciones comunistas.

El silencio que no entierra a las UMAP

Pastores-cristianos-junto-a-Rafael-Hdez1-755x490Noviembre de 1965. Ernesto Ruano es uno de los 15 estudiantes del seminario bautista de La Víbora, en La Habana, que ha sido citado con urgencia al Comité militar de la zona. En pocos minutos y sin tiempo para avisar a las familias, le indican subir a un camión y de ahí a un tren de carga, sin ventanas, custodiado por soldados con armas largas y bayonetas. Al llegar a la ciudad de Camagüey, el convoy tercia hacia el norte para frenar en el central Lugareño, hoy municipio de Sierra de Cubitas.

Cientos de jóvenes de muy diferentes orígenes han sido reunidos en el terreno de pelota del batey. Un veterano capitán, de uniforme verde olivo, les dirige la palabra: “Han llegado aquí hoy pero no sabemos cuándo se irán”. Aprieta el frío.

En camiones, otra vez, atraviesan Ruano y sus nuevos colegas más monte, bateyes y guardarrayas, hasta que entre cañaverales aparece “el campamento”: unas barracas a medio construir, sin piso y sin letrinas, rodeadas de alambradas con postes que giran en su cúspide hacia adentro. Para Ruano aquello parece más una escena de Auschwitz que una unidad militar. Este será por tres años su  contexto: ahora es un recluta de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

En otro tren, de estructura metálica desnuda y techo de yaguas, se han movido también hasta Camagüey cientos de soldados profesionales de las Fuerzas Armadas. Serán la oficialidad del nuevo cuerpo creado, y han sido preparados para asumir una importante tarea.

Allí, por enésima vez, Luis Manuel Castellanos Fernández le cuenta a los compañeros de armas la trágica noche en que echó su suerte con la Revolución. Era el 24 de junio de 1958 y vivía aún en el bohío de los abuelos, en el campo del municipio de San Luis, Santiago de Cuba.

Su padre y dos tíos combatían junto al Ejército Rebelde, y Manolito, con 12 años, acompañaba a los abuelos paternos y el resto de la extensa familia. En la noche, los faroles de los autos de la Guardia Rural alumbraron el cayo de monte donde estaban los Castellanos, en busca del viejo Modesto. Involucrados en la conspiración, el abuelo y otro joven tío se supieron capturados y sin tiempo a mucho intentaron escapar.

Las ráfagas fulminaron a los dos hombres en el momento, e hirieron a una de las muchachas de la casa. Para completar la “lección” los guardias prendieron fuego a los cadáveres, delante de los sobrevivientes. Con las llamas grabadas en la memoria, Luis Manuel subió a la Sierra Maestra y se unió a los rebeldes, para defender en lo adelante su propia causa.

Todavía la defiende esa noche fría de noviembre de 1965. El sargento Castellanos Fernández se dirige motivado a cumplir la orden del Mando: atender a reclutas de muy mala conducta social, vagos, hippies, marihuaneros, chulos, religiosos… La orden es ser estrictos con una tropa que necesita ser reeducada para que participe activamente en la construcción de la nueva sociedad.

Soldados-de-la-UMAP-1024x700La disposición en la soldadesca de comenzar una nueva misión derivó muy pronto en excesos contra los reclutados. “Fueron crueles y abusivos”, afirma sin ambages Luis Caballero Calas, un laico bautista que fue llamado desde Sagua de Tánamo, antigua provincia de Oriente, a cumplir en las UMAP su Servicio Militar. “Fui testigo del día en que a un creyente adventista lo amarraron a un caballo para llevarlo al campo a trabajar el sábado, un día sagrado para ellos”, asegura durante un intercambio de vivencias entre creyentes cristianos que transitaron igual experiencia que él. En el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo-Cuba (CCRD), de Cárdenas, se abrió el grifo de los recuerdos: “Algunos guardábamos parte de nuestra comida los sábados para dársela a los adventistas, que eran obligados a permanecer de pie toda la mañana y la tarde en el centro del campamento. El jefe de unidad gritaba que si la Biblia dice que el que no trabaja no come, ya que ellos no trabajaban ese día no tenían derecho a la comida”, evoca Noel Fernández, llevado a las UMAP desde Cascorro, en Camagüey, en el segundo y último llamado, en 1966.

“Yo me sentí cobarde, porque no me planté como debía al lado de ellos”, confiesa en el diálogo Sergio Santos, pastor bautista de Jovellanos. “Cierta vez pidieron voluntarios para amarrar por la cintura a un Testigo de Jehová que se negaba a subir una soga, como parte de los entrenamientos. Yo me uní al grupo porque sospeché que le querían hacer daño. Efectivamente, una vez que estuvo alzado, el sargento dio la orden de dejarlo caer, y yo aguanté cuanto pude, para que no se golpeara tan fuerte contra el suelo”, rememora. “Yo vi poner a testigos de Jehová en fosas sanitarias abiertas y tirarles agua por la madrugada, desnudos. También pegarlos a las cercas en las noches, desnudos, para que los mosquitos los castigaran”, agrega Ernesto Ruano, residente ahora en la cercana población de Santa Marta. “Todo el mundo estaba asustáo y la discreción de la actuación de los oficiales era muy alta”, recuerda Caballero Calas. Miedo, temor, abusos…esas serán siempre las palabras de las UMAP para quienes las sufrieron.

Dormitorio-de-la-UMAP-1024x807“Nunca se nos dijo que maltratáramos a nadie”, me asegura en muy baja voz Luis Manuel Castellanos Fernández, Manolito, el sargento que viajó entusiasmado aquella noche de noviembre de 1965. En Camagüey permaneció los tres años que duraron las UMAP, como custodio de varias decenas de los entre 15 a 20 mil hombres que se estima pasaron por allí. Manolito prefirió no hablar en el panel del CCRD, pero acepta contar su versión de los hechos a todo el que pregunte: “A nosotros se nos dijo que teníamos que ser estrictos con la disciplina de esa tropa. Cada cual ve las cosas desde la posición donde está. Yo estaba allí por una convicción, libre y voluntariamente, con el concepto de que estaba defendiendo mi Patria y defendiendo la Revolución”, reafirma.

“¿Qué era duro el trabajo? ¡Claro que era duro! ¿Qué en ese momento había un concepto de que había que rehabilitarlos porque eran un potencial para que el imperialismo norteamericano y sus agentes internos los utilizara como caldo de cultivo para alimentar la contrarrevolución interna y la quinta columna aquí? Pues también.

“Los guardias que estábamos allí teníamos claro que estábamos haciendo algo correcto. Cuando un oficial o un soldado se excedían -¡y hubo excesos, porque la verdad es la verdad!- actuaba la Fiscalía Militar. Habían Cortes Marciales para requerir y amonestar, estaban los tribunales militares y tribunales de honor, y aquellos que se excedían abusando en su trato se les corregía e incluso se aplicaron sanciones y licenciamientos deshonrosos de oficiales que provenían del Ejército Rebelde”, defiende con argumentos dichos en baja voz, pero sedimentados.

Rafael-Hdez2Para el politólogo Rafael Hernández, director de la revista Temas y presente en la sesión colectiva de Cárdenas, el contexto socio político entre 1965 y 1967 puede ser descrito como un caldo de cultivo de una “tormenta perfecta” como la que desembocó en las injusticias de las UMAP.

“Cuba se entendía a sí misma como una nave espacial que iba sola en el camino al comunismo, porque estábamos aislados de todo el continente, pero también muy distantes del socialismo soviético y del chino”, describe. 1965 es un año cargado de hitos. Comienzan los experimentos de los pueblos “comunistas”, donde no se utilizaba el dinero; se constituye el primer Comité Central de un Partido Comunista; el Che Guevara escribe su texto El hombre y el socialismo en Cuba, en el que aborda la necesidad de construir una conciencia revolucionaria al mismo tiempo que se producían las transformaciones en la economía y la esfera del trabajo. Esa nueva conciencia tendería al logro de un hombre nuevo, ideal, que voluntaria y conscientemente produjera un cambio en la historia, hacia el socialismo.

Al mismo tiempo, entre septiembre y noviembre de ese año se abrió el puerto de Camarioca, y unos 6000 cubanos salieron del país rumbo a Estados Unidos.

Acerca de las tensas relaciones entre las iglesias y el poder revolucionario, que forman parte del contexto inmediato de las UMAP, Hernández reflexiona: “La Revolución no se opone a los creyentes, la Revolución está preocupada por el uso que hace la contrarrevolución de las iglesias, como núcleos de conspiración”.

Usar el trabajo físico en el campo como mecanismo reformador, era parte de la cultura política de los exguerrilleros en el poder, opina Hernández quien recuerda la práctica del propio Che Guevara de enviar a dirigentes del Ministerio de Industria que se equivocaban en su ejercicio, a sembrar pinos y eucaliptos en la península de Guanahacabibes. “No se trata solo de evaluar la justicia o la eficacia de esas medidas, sino de recordar el contexto histórico en que se desarrollaron”, insiste en apuntar.

En una plaza sitiada, un proyecto que se siente vulnerable y solo, lo natural era que se intentara suprimir las amenazas internas. Pero hay mucho voluntarismo e irracionalidad en la energía desatada de una Revolución y en el pequeño mundo de las individualidades el impacto se siente más.

Perdón, pero no olvidoumap

En este artículo dedicado a las UMAP, el autor afirma: “El objetivo de las UMAP no es castigar a nadie…La misión fundamental es hacer que esos jóvenes cambien su actitud, educarlos, formarlos, salvarlos. Evitar que el día de mañana sean parásitos, incapaces de producir nada, o delincuentes contrarrevolucionarios, o delincuentes comunes, seres inútiles para la sociedad.”

Casi desde el mismo principio se extendió entre los cubanos y en el extranjero la noticia de la existencia de estos ‘gulags’ tropicales, cargados de métodos violentos en el trato a religiosos, homosexuales y todo tipo de personas salida del cánon revolucionario del momento.

Con el paso de los meses y un presumible aumento de la presión social e internacional, los jefes de las UMAP modificaron paulatinamente las condiciones en sus unidades. Gestos tan simples como el de bajar el tamaño de las cercas de púas y el relajamiento en el trato hacia los “reclutados” hicieron intuir a muchos que pronto todo iba a cambiar.

El entonces recluta Samuel Entenza recuerda una visita de varios oficiales ajenos a las UMAP a inicios de 1967. Con ellos, dice, logró desahogar toda la angustia acumulada: “Empecé diciéndoles que ellos estaban allí como militares y yo como menos que un preso. Les argumenté que allí no nos llevaron a “reeducarnos”, sino a deshumanizarnos, que tenían la razón de la fuerza pero no la fuerza de la razón y terminé diciéndoles como Hatuey a los conquistadores españoles que lo intentaron convertir al catolicismo: si ustedes son comunistas, yo no quiero ser comunista”.

Por alguna razón aún no hecha pública antes del verano de 1967 fueron desmovilizados todos los reclutas/prisioneros en Camagüey. Pero el cierre físico de los campamentos no significó el fin del estigma que cayó sobre sus ocupantes:

“Yo sentí asco por mi país”, confiesa Moisés Machado Jardines, reclutado en Santiago de Cuba. “Por haber estado en las UMAP me vi  marginado de mi antiguo trabajo y otros que intenté conseguir a la salida, y hasta perdí a mi esposa, que se marchó con mis dos hijos.”

“Salimos muy traumatizados”, recuerda Raymundo García Franco, fundador del CCRD (que hoy dirige su hija): “Yo no podía comer, desayunaba y tenía el estómago lleno todo el día…algunas personas llegaron y me dijeron que no iba a ser persona más nunca, y me sugirieron que me fuera”, evoca.

“Humillación, marginación, rechazo, violación de los derechos del ser humano…eso fueron las UMAP para mí”, resume Noel Fernández, y condensa en sus palabras la opinión general de los testimoniantes. “Pero a pesar de todo las UMAP no fueron la desgracia de todas nuestras vidas”, aclara.

“Aquello no fue el non plus ultra de la agonía, fue simplemente una escuela que nos enseñó mucho”, sorprende con esa frase que, sin embargo, también sale en boca de los otros.

“Fue una etapa que me enseñó mucho del ser humano, me hizo ser más tolerante, más consciente de la complejidad de la vida y también, ¡qué ironía!, más seguro de mi fe”, explica, por ejemplo, Ernesto Ruano.

“Me parece importante hablarlo porque es historia. Es algo que ocurrió, que vivimos y que han silenciado y eso es como robarme una parte de mi vida”, expone Alberto García, otro de los asistentes y quien ha escrito un libro de siete ediciones con sus vivencias allí.

“Estoy dispuesto a comprenderlo, está bien, nos tocó, es producto de un momento histórico…pero borrar la historia no es honesto. No se puede hablar de lo feo de los demás si mis zonas feas las ignoro, o trato de justificarlas de una manera que no involucre a las personas que lo vivieron”, agrega.

“Algo de esa tesitura no puede darse más en este país”, insiste Noel Fernández: “Esta es una nación que desde sus próceres de la independencia tiene un sentimiento humanista de alcance increíble. Es muy lamentable que las generaciones actuales no conozcan de esta situación, y la culpa es nuestra, de los que estuvimos allí, por no dárselo a conocer a nuestros hijos y nietos.”

Atento a todas estas palabras se mantiene Luis Manuel Castellanos, Manolito, el sargento devenido pastor de la Iglesia Hermanos en Cristo hace más de 25 años. “El que está en Cristo, nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron…El que no tiene reconciliación y no perdona, no puede llamarse cristiano”, cita de memoria, en baja voz, en paz aparente. Haber viajado a Cárdenas, compartir allí vivencias y opiniones, ha sido una particular manera de reconocer los eventos de hace 50 años, y sanar.

El-soldado-y-el-recluta-UMAP-pastores-Castellanos-y-Alberto-García2El soldado Luis Manuel Castellanos y el recluta Alberto García, 50 años después.

Del Blog “On Cuba” – por José Jasan Nieves – Publicado Noviembre 30, 2015.

 

 

Héctor García Arocha – Santo Domingo, Las Villas

LA HABANA, Cuba. El pasado 10 de abril Cubanet publicó una crónica titulada “Una docena de familias en peligro”. El trabajo trataba el peligro de derrumbe de un edificio situado en la calle O´Reilly 258, en La Habana Vieja. Esta situación continúa, pero mientras dábamos seguimiento a este caso, tuvimos la oportunidad de conocer a Héctor García Arocha, uno de los habitantes del inmueble, quien resultó ser uno de los tantos cubanos que sufrió el estar concentrado, a mediados de los años sesenta, en uno de para los campamentos de trabajo forzoso en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), ubicados en la provincia de Camagüey. Accedió a brindarnos su testimonio de cómo fue llevado a la fuerza, el 18 de junio de 1966, con apenas 18 años de edad, a uno de estos “campos de concentración”.

Cubanet: ¿Cómo usted llega a la UMAP?
Héctor García Arocha (HGA): La Policía de Santo Domingo, pueblo donde yo nací y vivía, en las Villas, me detuvo bajo el pretexto de enviarme para el Servicio Militar Obligatorio. Me montaron en un tren que iba desde Santa Clara hasta Camagüey. De ahí fui llevado a un pueblecito llamado la Gloria donde nos entregaron las “armas”: una guataca y una lima, para trabajar en el campo. No había tal servicio militar.
Cubanet: ¿Hubo entrenamiento militar, educación patriótica?
HGA: Nada de entrenamiento, ni de educación. Los que se fugaban de noche eran castigados, los amarraban en un palo, muchas veces desnudos, para que se lo comieran los mosquitos. A los testigos de Jehová los arrastraban por no saludar la bandera, ni cantar el himno nacional.
Cubanet: ¿Cumpliste alguna sanción durante esa etapa?
HGA: Yo me fugué de allí, estuve 9 días ausente del campamento y en cuanto me atraparon fui sancionado a 1 año y medio de prisión. Fui trasladado a un batallón de sancionados en Vertiente, Unidad 1943. Todos los sancionados iban para Vertientes. En Camagüey, había 7 u 8 agrupaciones, cada agrupación tenía 5 batallones, con más de 500 hombres, distribuidos en 4 unidades.
Cubanet: ¿En qué se trabajaba allí?
HGA: En la caña y el cítrico, inicialmente, después en la construcción de obras. En Vertiente, me ubicaron en una compañía llamada la Rivera, trabajando en la caña. Allí, fui acusado por denunciar que las botas y las ropas, destinadas a los presos, los capitanes Zapata, Quintín Pino Machado y Guerra Matos, la cambiaban por comida y carne. Ellos no se escondían para hacerlo, las botas amarillas que nos habían mandado de España, las tenían todos los guajiros puestas y nosotros no teníamos nada, andábamos descalzos, en chancletas.
Cubanet: ¿Cuál era la actitud de los guardias con ustedes?
HGA: Nos vigilaban mucho. Allí, murió mucha gente. Nos metieron con presos de alta seguridad. Éramos adolescentes. Por ejemplo, murió Félix La Garra, que fue a tomar agua y se cruzó con los guardias, le dieron dos bayonetazos.
Cubanet: ¿Cuánto tiempo estuviste preso?
HGA: Salí ante los cuatro años, los Estados Unidos habían detectado con sus aviones los campos de concentración de la UMAP, entonces se había creado un problema internacional.
Cubanet: ¿Qué sensaciones han permanecido en ti de aquél tiempo?
HGA: Amargura, humillación. Pasamos hambre. Ellos nos engañaron. Sin embargo, allí conocí a Pablito Milanés, al galán de la televisión Albertico Inzua, a Pedro Betancourt, cuñado de Betancourt, el que se
robó el avión. También vi al actual cardenal Jaime Ortega Alamíno, quien entonces había preso por simplemente estar estudiando para cura, loconocí, sus padres eran de Jagüey. También estuvo un hijo de Raúl Roa.
Cubanet: ¿Que oportunidades te brindo el gobierno cuando saliste, para reinsertarte?
HGA: Ninguna. Yo nunca voté, no participaba en trabajos voluntarios, nunca fui a la plaza, era mal mirado por los extremistas del régimen. A cada rato me metían preso, me sacaban del trabajo y me aplicaban la Ley de Peligrosidad. Estuve en el disturbio del 5 de agosto de 1994, el Maleconazo, al lado del Hotel Deauville, donde aparecieron las brigadas especiales, vestidas de constructores, nos pegaron con cabillas por todo los lados.
Estuve un tiempo trabajando en Comunicaciones, en la cervecería de Manaca, en los ferrocarriles, siempre mal mirado y con problemas. Me quede ciego. No pude retirarme, ahora soy un caso social.

 

Pedro Cedeño , Cabaiguán

El primer día del “pago” mensual (7 pesos), los 15 o 20 Testigos de Jehová que había en el campamento, se negaron a recibir el sobre con el pago. Les dieron una paliza enorme. Se los llevaron al patio y los pusieron contra la cerca amenazando con fusilarlos. Trajeron soldados con armas largas pero tiraron al aire. Los Testigos se quedaron imperturbables, como si nada pasara.

Orestes Acevedo – Batallón 18

Vi como al confinado 90 -todos teníamos un número- lo metieron tres días en una fosa donde se encontraban los desperdicios de la basura y las excrecencias. En ese campamento se desató un virus de hepatitis que causó grandes estragos entre los confinados, muriendo varios de ellos por no prestarles atención médica.

Orestes Aceituno

El jefe del batallón 18 era Ramón Zaldívar que se caracterizaba por su crueldad y maltrato a los confinados. Vi allí cómo torturaban a los Testigos de Jehová, y como a un joven negro lo enterraron vivo, dejándole la cabeza fuera por tres días. Horrible.

Manuel Molina – Pastor Adventista

En el campamento de Mola, de cuyo nombre no quiero acordarme. Nos tomaron a 17 religiosos; Adventistas, Testigos de Jehová y del Bando Evangélico Gedeón, y nos amenazaron con fusilarnos.

Nos fueron llamado uno a uno detrás de un monte espeso y los que quedábamos oíamos las descargas de los fusiles. Al terminar conocimos que era sólo unos falsos fusilamientos. Pero vencimos porque nos permitieron continuar respetando el sábado como el Día del Señor.